El nombre de Manuel Belgrano está decididamente atado al destino de estas tierras que hoy reconocemos como el distrito de Coronel Rosales.

Este homenaje que se perpetúa con su nombre en la Base Naval y en el principal paseo público puntaltense, también honra a quienes fueron parte del histórico Crucero y es, más recientemente en el tiempo, la identificación del Centro Espacial de la CONAE, que se erige en la zona de Baterías.

Pero este legado comienza pocos años después del 20 de junio de 1820, momento del paso a la inmortalidad del creador de nuestra enseña patria. El 10 de septiembre de 1824, por disposición del gobierno, un bergantín fue rebautizado General Belgrano en honor del prócer, incorporándose a la escuadra del Almirante Brown.

Esta es la historia del Bergantín Belgrano, que en 1824 comenzara a explorar el estuario de la Bahía Blanca, en búsqueda de un lugar para radicar un puerto. La zona de “los bajos” comprendida entre hoy Puerto Rosales y la Base Naval, fue su apostadero natural, en el primer antecedente de la monumental obra que años más tarde retomaría el capitán Félix Dufourq.

El bergantín General Manuel Belgrano

En 1823 el gobierno de Martín Rodríguez envió una primera expedición de reconocimiento al área de Bahía Blanca ya que” iba a situarse en el Tandil con un pie de ejército para marchar a Bahía Blanca”. Entre marzo y abril d 1824 envió a la goleta Gleaner y la suma Mariana con materiales para la construcción de un fuerte, pero la construcción no se concretó.

Manteniendo el objetivo, el teniente coronel de marina Juan Bautista Azopardo recibió el encargo de inspeccionar el bergantín L´Actif (Activo), con matrícula de Nantes, Francia, propiedad de Nicasio Román.
Construida en 1818 en madera de roble europeo, con una cubierta sostenida de 18 curvas, bien clavado y empernado, sin galera a popa y con arboladura de bergantín, tenía una eslora de 84 pies de Burgos, 73 de quilla, 24 de manga, 13 de puntal, un calado a proa de 8 pies de Burgos y de 12 a popa y un porte d 175 toneladas. En Manila el año anterior el casco había sido forrado en cobre.

Así luego de imponérsele el nombre de General Belgrano, el 10 de setiembre de 1824, se incorpora a la escuadra de mar. Alistado en guerra y montado las 14 gonadas de a 10 previstas, zarpó del puerto de Buenos Aires el 23 de setiembre de 1824 rumbo a la bahía Blanca para realizar reconocimiento hidrográfico de la zona.

Era su comandante el teniente Francisco José Seguí, quien llevaba como segundo al mando a Antonio Toll. El piloto de altura contratado era Joaquín Fernández Pareja, quien había cumplido ese cometido en la expedición de 1823

Los Bajos del Belgrano, antecedente del Puerto Militar

El Belgrano arribó a la boca de la bahía el 9 de octubre. Durante los siguientes días, Pareja realizó repetidos e infructuosos intentos de entrada, vencido por razones climáticas y el comportamiento extremo de las mareas.

El último tuvo lugar el 21 de octubre y esta vez no solo fracasó sino que a los 11 pies el buque tocó fondo. Seguí consiguió zafar y llevarlo a una profundidad de cinco brazas. En un intento por cumplir sus órdenes de relevar la bahía, ordenó a Pareja que partiera del banco del Toro en búsqueda del canal con un bote pero el piloto lo rechazó manifestando que no era piloto práctico sino de altura. Fracasada la misión, el Belgrano regresó a Buenos Aires.

En noviembre de 1824 se encontraba en puerto y tras repararse los daños en quilla, forro y tablazón del buque, regresó a tareas de vigilancia en la rada. Mientras se presentó ante la Capitanía de Puertos una denuncia contra Pareja, quien fue detenido a la espera del correspondiente sumario.

El consejo presidido por Juan José Paso e integrado por Juan Bautista Azopardo, el capitán del Puerto y el ministro de Guerra y Marina, general Francisco de la Cruz, un asesor y un fiscal, tras dejar libre de todo cargo al comandante y a su segundo, resolvió que si bien había existido “ignorancia, malicia y negligencia” no se encontraba “mérito para una causa criminal… y se inclinaba a aconsejar la mitigación en parte de esa condenación”. Sin embrago aunque se desestimaba la comisión de actos criminales, ante la actuación del piloto se exigía la devolución de la mitad del pago acordado, unos 600 pesos.

Al negarse Pareja a devolver el dinero, el ministro De la Cruz ratificó la decisión, agregando la obligación de “pagar el consumo de las raciones desde el día de la prisión” y determinó que si resistía su cumplimiento “pasase en clase de preso a la Cárcel de Deudores”.

El 6 de enero de 1825, el Belgrano volvió a zarpar rumbo al sur con el mismo comando pero llevando como piloto de altura a Diego Johnson. Esta vez la expedición logró ingresar a la bahía, reconocer la ensenada, levantar su carta y detectar un fondeadero seguro, que bautizo como puerto Belgrano, en homenaje al bergantín, e indirectamente al prócer, sitio que años después se convertiría en el apostadero de la Flota de Mar, actual Base Naval Puerto Belgrano.

Actuación en la Guerra del Brasil

Al estallar la guerra contra el Imperio del Brasil, el bergantín General Belgrano se sumó a la exigua escuadra que al mando superior de Guillermo Brown procuró combatir el bloqueo de la superior flota imperial y hostiar los puertos ocupados y las unidades o divisiones destacadas por el enemigo.

En 1826 asistió al combate de Punta Colares, 9 de febrero, durante el cual estuvo en peligro de volar su santabárbara y en tres oportunidades vio desmontada su batería de babor.

Tras efectuar misiones de transporte de tropas a la Banda Oriental y protección de convoyes mercantes, se unió a la escuadrilla de Brown, burlando el bloqueo, guió contra Colonia del Sacramento, plaza fuerte ocupada por los brasileños y base secundaria de sus operaciones.

Al mediodía del 25 de febrero la escuadrilla se presentó al sur del puerto de Colonia y rechazada la intimación de rendición, aún sin tener novedades de las fuerzas orientales que debía apoyar el ataque desde tierra, Brown inició el ataque.

En las maniobras previas al reinició del combate, el Belgrano, bajo el mando de Leonardo Rosales, se fue sobre la restinga de piedras del islote de San Gabriel y varó al alcance de la artillería enemiga, tanto a de los buques acoderados en el puerto comola de los cañones del fuerte de Santa Rita.

El Belgrano no logró zafar de la varadura. Tras un fuerte temporal que castigó la ya maltrecha nave, horas más tarde se desfondó, habiendo trasvasado la totalidad de su tripulación y buena parte del armamento, aunque lamentando la baja de 9 marinos muertos y 10 heridos de gravedad.

Ya finalizada la guerra, en 1829, los restos del buque fueron vendidos como leña a Federico Fossat por un valor de 21 mil pesos.

En 2009 el buzo Rubén Collado encontró en la bahía de Colonia restos de varias embarcaciones, entre ellos los de un bergantín al que se identificó como el General Belgrano.